OPINIÓN: ¿Estamos preparados para el mundo laboral del siglo XXI?

Existe un miedo que persiste en diferentes generaciones humanas ante las innovaciones tecnológicas. Desde que comenzó la revolución industrial, las máquinas fueron percibidas como una amenaza para el mundo del trabajo.

Lo cierto es que, en el último siglo las máquinas han reemplazado el trabajo en múltiples sectores o rubros. Pero también es cierto que, la tecnología ha creado más puestos del que destruyó. Las innovaciones tecnológicas han traído aparejada un gran incremento en la productividad del trabajo: las máquinas han desplazado al humano allí donde los quehaceres son rutinarios.

Un informe del Banco Mundial demuestra que, el porcentaje de participación laboral en el sector industrial ha disminuido en los países con economías desarrolladas, y ha aumentado en aquellos de economía emergentes y en vías de desarrollo. Esto, traducido a nivel agregado significa que, el empleo en la industria se ha mantenido relativamente estable y que, el empleo en general ha aumentado (el informe toma el período que va desde 1993 hasta el año 2017).

La innovación tecnológica provoca disrupciones: la baja en el costo de implementación de máquinas o robots está poniendo en jaque a millones de puestos de trabajo, sobre todo aquellos trabajos que demandan menor nivel de cualificación del recurso humano.

Estas disrupciones son los que generan, como en el pasado, los miedos y ansiedades en innumerables personas. Este miedo está en el centro de la escena sobre los diferentes debates que están teniendo lugar hoy en día sobre el futuro del trabajo.

La declinación de puestos de trabajo en el sector industrial en las economías desarrolladas es ya una tendencia establecida. Por ejemplo, en Corea del Sur, España y el Reino Unido, la participación del trabajo humano ha caído en un 10 por ciento. Pero esta tendencia refleja un reacomodamiento de la fuerza productiva: se está dando un desplazamiento hacia el sector de los servicios.

Sin embargo, la otra cara de la moneda nos muestra que, en los países de ingresos medios y bajos, hay un crecimiento exponencial del sector industrial desde la década de 1980. En estos países los puestos de trabajo en el sector industrial se han mantenido relativamente estables.

Así como los puestos de trabajo “de menor cualificación” presentan riesgos reales de reemplazo, los puestos de trabajo “de mayor cualificación” se encuentran con ventajas competitivas dentro del mercado laboral.

Lo dicho hasta aquí tiene la siguiente implicación: la tecnología genera un potencial de mejora en los estándares de vida, pero sus efectos se manifiestan en formas muy desiguales y asimétricas en todo el mundo (entre cada país y dentro de cada país).

Entre el período que va desde el año 2001 hasta el año 2019, la demanda de trabajadores con habilidades cognitivas y socio conductuales no rutinarias ha aumentado de un 19 a un 23 por ciento en las economías emergentes, y de un 33 a un 41 por ciento en las economías avanzadas.

El mundo del trabajo, por lo tanto, ya viene presentando tendencias al desplazamiento desde el sector industrial hacia el sector de los servicios, así como una tasa de reemplazo de trabajo rutinario por máquinas o robots y hacia una creciente digitalización laboral.

La pandemia del COVID-19 ha acelerado esas tendencias. Las tiendas online, las Start-ups y las cadenas de valor, son una realidad que tenemos que aceptar. Una vez aceptada, podremos pensar la mejor manera de adaptarse.

Uno de los principales obstáculos a la mejora en los estándares de vida de las personas es la persistencia de la informalidad económica, con mayor presencia en las economías medias y pequeñas. El empleo informal permanece cerca del 70 por ciento en África Subsahariana, en un 60 por ciento en el sur de Asia, y en un 50 por ciento en América Latina. En este mundo de la economía informal, tanto el salario como la productividad del trabajo son mucho más bajas que en la economía formal.

A medida que esta informalidad persiste, los sistemas de seguridad social se hacen cada vez más pesados sobre el sector formal de la economía, generando presiones inflacionarias y de riesgos de banca rota de diferentes Estados en el mundo emergente.

En conclusión, los desafíos no solo vienen por cómo decidimos adaptarnos a este mundo cada vez más hiperconectado y digitalizado, sino que también, los desafíos tienen que ver en cómo reducimos las brechas entre la formalidad y la informalidad económica. Estas dos cuestiones van a marcar el ritmo de la inclusión social y la mejora en los estándares de vida de las personas en el futuro inmediato.

 

Nota: para ver en profundidad los datos y conceptos aquí plasmados se recomienda leer “La naturaleza cambiante del trabajo” del Grupo Banco Mundial (2019).

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