Escribo esto a pocas horas de haber perdido una final del mundo. Para ser sincero, me siento satisfecho con todo lo entregado, pero a la vez profundamente triste por el resultado. Quizás esa dualidad, esa mezcla de orgullo y melancolía, sea un poco lo que nos define como argentinos.
Mientras volvía a casa hacía cuentas: mi hijo tendrá ocho años en el próximo mundial. Él fue campeón del mundo con apenas dos meses de vida; yo lo fui con 34 años. En el camino de regreso, crecía en mí la ilusión de volver a abrazarnos —como en cada partido para el infarto de este torneo— celebrando un nuevo momento de felicidad colectiva, de esa que nos merecemos todos. No pudo ser hoy, pero habrá otras oportunidades; de eso estamos completamente seguros.
Pensaba, tras el partido contra Inglaterra, si solo nos pone tristes la posibilidad de perder en términos estrictamente deportivos, o si lo que realmente nos duele es que se nos acaban las excusas para gritar de alegría en cualquier esquina, para abrazarnos con desconocidos y darnos la razón en el llanto. Porque, seamos sinceros, necesitábamos esta dosis de locura permitida que esta selección nos regaló a lo largo de las últimas semanas.
Ver llorar a Messi, sentir los silencios de la derrota o percatarme de lo profundo que podemos mirar a la nada mientras en la cabeza lo pensamos todo, son parte de nuestra esencia. Somos fuego. Vivimos todo encendidos de pasión y, si se trata de fútbol, ni hablar.
Tácticamente España fue superior. Jugamos parte del partido con diez hombres por una expulsión, pero también con varios menos producto del cansancio acumulado. Sin embargo, este equipo entregó absolutamente todo. Y en esa entrega, nos mostró quiénes somos.
A lo largo de todo este proceso, jamás caímos en la tentación del reproche o del sinsabor con este grupo de jugadores. Al contrario, la palabra «Gracias» fue lo que más leí en redes sociales, lo que más vi en las pantallas de televisión y lo que más escuché en los comentarios de radio. Andar por la calle y cruzarse con miradas de reconocimiento mutuo no es para menos: otra vez el fútbol y la amistad nos recordaron el verdadero valor de la unidad.
Yo quería salir campeón. Como vos, como ellos, como todos y todas. Tal vez no lo fuimos en los términos del deporte, pero sí lo fuimos en otros aspectos (y créanme que no estoy buscando un consuelo sutil ni condescendiente). La bandera argentina flameando con el reclamo histórico por Malvinas, el sentido de pertenencia de personas que viven a miles de kilómetros y que sienten la camiseta como propia, o el mundo entero con lágrimas en los ojos por el último baile de Messi, son y serán las piedras fundacionales de una nueva perspectiva de las cosas. Por lo menos para mí.
Ahora solo pido que nos dejen procesar esto. Pronto volveremos a tomar las riendas de la realidad, esa que nos golpea en este país desde hace ya un tiempo. Pero ahora mismo, lo que necesitamos es buscarnos, abrazarnos, mirarnos a los ojos y, sin decir una sola palabra, pensar en el consuelo para ellos; para esos jugadores que nos acostumbraron a tenerlo todo.
Mientras venía a casa y ordenaba estas palabras —que no son más que el simple y mero descargo de alguien que volvió a sentirse profundamente representado— leí una frase que sintetiza todo: «Jugadores, gracias por todo. Por el fútbol también». Y no es ni más ni menos que eso: reconocer que nos tocaron las fibras más íntimas y que nos devolvieron, al menos en estos términos, la esperanza de entender que no todo está perdido si se persiste hasta que el tiempo nos dice basta.





