Mientras el gobierno de Javier Milei avanza con la precisión quirúrgica de quien no teme al costo social, la Confederación General del Trabajo (CGT) parece haber optado por un estado de hibernación estratégica que roza la complicidad. La reciente convocatoria a una «mesa chica» para evaluar un posible paro general no es más que otro capítulo en el manual de la dilación. En las oficinas de la calle Azopardo, el reloj corre a un ritmo distinto que en las góndolas de los supermercados o en las paradas de colectivo.
El escenario es dantesco para la clase trabajadora. Bajo la premisa de un equilibrio fiscal sagrado, el oficialismo ha desatado una ofensiva que no solo busca desmantelar el Estado, sino también pulverizar la capacidad de resistencia del movimiento obrero organizado. Sin embargo, la respuesta de la cúpula sindical es, por decir lo menos, tibia. Se reúnen, «analizan el escenario», «manifiestan preocupación», pero la fecha de una medida de fuerza contundente sigue siendo un enigma guardado bajo siete llaves, como si el hambre de los representados pudiera esperar a que la política acomode sus piezas.
Uno de los puntos más alarmantes, y donde la inacción de la CGT se vuelve más evidente, es la validación de paritarias escandalosamente bajas. En un contexto de inflación galopante, permitir acuerdos salariales que se firman a la baja no es una negociación, es una rendición. Los trabajadores han visto cómo sus ingresos se derrumban frente a aumentos de servicios y transporte que superan el 300%, mientras sus dirigentes aceptan porcentajes que ni siquiera alcanzan a empatar el índice de precios al consumidor. Esta aceptación pasiva de salarios de miseria deja a los trabajadores en una situación de vulnerabilidad extrema, donde tener un empleo formal ya no garantiza salir de la pobreza.
Sumado a este descalabro salarial, la sombra de la reforma laboral incluida en la Ley Bases se proyecta sobre el horizonte. El Gobierno busca flexibilizar condiciones, extender periodos de prueba y facilitar despidos, atacando el núcleo de los derechos conquistados durante décadas. ¿Qué hace la CGT ante esto? Amaga con un paro que nunca llega, mientras los negociadores oficiales les susurran al oído promesas sobre el manejo de las cajas de las obras sociales.
La distancia entre la base, que sufre el ajuste diario, y la dirigencia, que especula con los tiempos parlamentarios, es cada vez más abismal. La «mesa chica» se ha convertido en un salón de té donde se discute la realidad como si fuera un fenómeno ajeno. Si la central obrera no abandona su letargo y confronta con determinación el ajuste de Milei y las paritarias de hambre, corre el riesgo de quedar reducida a una pieza de museo: una institución que alguna vez fue el «columna vertebral» de un movimiento, pero que hoy parece no tener siquiera pulso para defender a los suyos.





