El ecosistema de las aplicaciones de delivery en Argentina dio un giro alarmante. En un contexto marcado por la desregulación económica y la constante pérdida del poder adquisitivo, plataformas de entrega rápida como Rappi y Pedidos Ya se han convertido en prestamistas de última instancia para sus propios trabajadores. Esta situación refleja una nueva y peligrosa faceta de la precarización laboral, donde el repartidor ya no solo aporta su vehículo y su fuerza de trabajo, sino que termina atrapado en un espiral de deuda administrado por el mismo algoritmo que regula sus ingresos.
Desde el Sindicato de Base de Trabajadores de Reparto por Aplicación (Sitrarepa), denunciaron con firmeza la gravedad de este modelo de financiamiento. Belén D’Ambrosio, secretaria general del gremio, advirtió que el acceso a estos créditos es selectivo y genera un ciclo de dependencia extrema: se los otorgan principalmente a quienes pasan extenuantes jornadas conectados a la aplicación. Las condiciones financieras de estos préstamos son alarmantes, registrándose tasas de interés que alcanzan hasta un 700% anual.
La falta de regulación estatal en esta actividad deja desprotegidos a miles de jóvenes trabajadores, considerando que el 70% de los deudores tiene menos de 40 años. La dinámica del endeudamiento es asfixiante, dado que las aplicaciones descuentan de forma automática los saldos de deuda pendientes directamente de las comisiones que genera cada repartidor por sus viajes. En la actualidad, las comisiones por pedido oscilan entre los $1.500 y $3.000, obligando a los trabajadores a pedalear o conducir entre 10 y 12 horas diarias únicamente para cubrir sus gastos fijos y subsistir.
De acuerdo con datos del Informe de Proveedores No Financieros de Crédito del Banco Central, el panorama es crítico: a finales del último año, el saldo promedio de deuda entre los monotributistas de la economía gig rozaba los $900.000 por persona. De esta forma, lo que en el discurso corporativo y oficial se promueve como una «flexibilidad de la libertad individual», en la calle se traduce en una «calesita de deuda» de la cual resulta cada vez más difícil escapar.





